Tema 3. Revolución Liberal en el reinado de Isabel II. Carlismo y guerra civil. Construcción y evolución del Estado liberal
1. INTRODUCCIÓN
Con la muerte de Fernando VII en 1833 se inicia el reinado de su hija
Isabel II (1833-1868). Durante este
periodo se produjo la implantación, configuración y consolidación del régimen
liberal en España. Este proceso fue
largo y complejo. La primera década de
este período se inició (dada la corta edad de la infanta, contaba tan solo con
3 años de edad) con la regencia de su
madre Maria Cristina de Borbón 1833 – 1840, y el desarrollo de la primera
guerra entre carlistas y liberales (1833-1839). Más tarde le seguiría la
regencia del general Baldomero Espartero 1840-1843. Con tan solo 13 años, en noviembre de 1843, fue proclamada mayor de edad y reina de España
El reinado de Isabel II es un período muy complejo en el que se produjeron importantes transformaciones en el ámbito político, social y económico.
El Antiguo Régimen fue definitivamente desmantelado, permitiendo el
desarrollo de un estado burgués parlamentario, dirigido por una nueva
clase social, la burguesía agraria, fruto de la alianza entre la antigua
aristocracia y la burguesía.
Se pusieron las bases del sistema económico capitalista moderno y se
produjo el paso de la sociedad estamental a la sociedad de clases. Fue
en esta época cuando surgió el movimiento obrero, que aunque lento al
principio, terminaría irrumpiendo con fuerza a finales del reinado de Isabel
II.
El período estuvo salpicado por guerras civiles, las guerras carlistas,
y por varios pronunciamientos militares.
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2. LA PRIMERA GUERRA CARLISTA (1833-1839)
Dos días después de la muerte de Fernando VII, el hermano del difunto, Carlos Maraía Isidro, se autoproclamó rey de España. Inmediatamente
surgieron por distintas partes del territorio español partidas carlistas. La regente María Cristina buscó el apoyo de los liberales para garantizar el
trono a su hija Isabel, de sólo tres años de edad.
Se inició de este modo una guerra civil que no debe ser entendida como una
simple guerra dinástica, sino como una guerra de fuerte contenido ideológico,
político y de clase. En el bando carlista estaban los absolutistas más intransigentes:
encontramos a una parte importante de la nobleza; a los sectores más
ultraconservadores de la administración y del ejército; a la mayoría del bajo
clero; así como una parte importante del campesinado y de los sectores
artesanales, que temían que las novedades terminaran por hundir sus talleres.
El bando cristino, el que se formó en torno a la regente María Cristina y su
hija Isabel, obtuvo el respaldo de los sectores liberales reformistas, que
vieron en la defensa de esta causa la oportunidad perfecta para ganar la
influencia que les permitiera emprender las reformas necesarias para
transformar el país. Aquí encontramos también otra parte importante de los
generales y del ejército, así como las clases medias urbanas, los
intelectuales, los obreros industriales y el campesinado del sur peninsular.
El gobierno de María Cristina fue reconocido internacionalmente desde el
principio y contó con el apoyo diplomático y militar de Inglaterra, Portugal y
Francia. La guerra comenzó siendo favorable para los carlistas, que derrotaron
repetidamente a las tropas cristinas. Las expediciones hacia el sur terminaron
fracasando porque no consiguieron el apoyo de la población y el asalto para
tomar Madrid en 1837 terminó fracasando igualmente. Además, en 1835 murió en el
sitio de Bilbao Zumalacárregui, el mejor estratega carlista.
Los carlistas pasaron a la defensiva y, ante el agotamiento, el carlista Maroto se vio obligado a iniciar negociaciones de paz con Espartero. La paz llegó finalmente en agosto de 1839, con el
llamado Convenio o abrazo de Vergara, aunque un núcleo de carlistas, dirigido por Cabrera, resistió casi un año más en la zona del Maestrazgo.
Para conseguir la rendición de los carlistas se impusieron una serie de
condiciones, como el reconocimiento de los grados alcanzados por los vencidos y
el compromiso de mantener los fueros.
La guerra generó miles de muertos, tanto militares como civiles, y
provocó una gran destrucción material y económica, especialmente en el
norte, donde el espíritu carlista se mantuvo arraigado durante
generaciones.
3. LA IMPLANTACIÓN DEL LIBERALISMO DURANTE LAS REGENCIAS DE MARÍA CRISTINA (1833-1840) Y DE ESPARTERO (1841-1843)
3.1. Primer período moderado (1833-1835)
En el parlamento se podían distinguir dos tendencias políticas entre los
liberales: por un lado estaban los moderados (doceañistas), que
respaldaban la actuación del gobierno y se oponían a cambios radicales; por
otro lado estaban los progresistas (exaltados), que aspiraban a mayores
reformas y a la reposición de la Constitución de 1812 frente al Estatuto Real
de 1834.
Al estallar la guerra, y ante la necesidad de recabar apoyos para su causa y la
de su hija, María Cristina llamó al liberal moderado Martínez de la Rosa
para formar gobierno. Éste la convenció de la necesidad de propiciar el aperturismo
del régimen. De este modo se amplió la amnistía, lo que permitió la
vuelta del exilio de muchos liberales, y se decretó la libertad de prensa,
aunque limitada. Por otra parte se restauró la Milicia Nacional, lo cual
permitió conseguir un gran número de voluntarios para la guerra.
Fruto de este espíritu aperturista fue el Estatuto Real de 1834, una
carta otorgada que pretendía reconocer algunos derechos y libertades políticas,
pero sin aceptar todavía el principio de soberanía nacional ni la división de
poderes, regulaba la convocatoria de unas Cortes de carácter extremadamente conservador
y elitista (Estamento de Próceres
o cámara alta y Estamento de Procuradores o cámara baja),
tanto por su composición (nobleza, clero, funcionarios, altos cargos del
ejército y alta burguesía) como por el modo de elección, mediante sufragio
censitario indirecto. Además, otorgaba a la Corona una amplia capacidad
legislativa y de veto, pudiendo incluso disolver libremente las Cortes.
El gobierno, en manos de los liberales moderados, no fue capaz de dirigir
correctamente la difícil situación de guerra. La falta de recursos económicos,
los errores tácticos y las victorias carlistas hicieron crecer el descontento
frente al gobierno, al tiempo que crecía el apoyo a los liberales progresistas.
3.2. Los progresistas en el poder (1835-1837)
En el verano de 1835 se iniciaron una serie de revueltas urbanas por
todo el país, produciéndose episodios de anticlericalismo, con el asalto
y la quema de conventos, al tiempo que surgían en distintas ciudades Juntas
revolucionarias que redactaron proclamas en las que reclamaban básicamente:
· Reunión de Cortes
· Libertad de prensa
· Nueva Ley electoral
· Extinción del clero regular
· Reorganización de la Milicia Nacional
· Reclutamiento para hacer frente a los carlistas
María Cristina se vio obligada a nombrar a un liberal progresista como jefe de
Gobierno, a Mendizábal. Éste comenzó a desarrollar y aplicar una legislación
de corte progresista encaminada a desmantelar el sistema legal en que se
asentaba el Antiguo Régimen. Entre sus principales medidas destacan:
· Contribuciones extraordinarias para encarar la guerra
· Ley de libertad de prensa
Pero esta política, excesivamente radical, provocó la reacción de los moderados, especialmente cuando sacó adelante su proyecto desamortizador. María Cristina forzó entonces, en 1836, la dimisión de Mendizábal. A continuación la regente trató de detener las reformas puestas en marcha, lo cual provocó una nueva insurrección progresista en verano de 1836 demandando la necesidad de un régimen constitucional y el establecimiento de un modelo social y económico liberal. María Cristina, con la Guardia Real del palacio de la Granja sublevada, se vio obligada a restablecer la Constitución de 1812 y a devolver el gobierno a los progresistas.
El nuevo gobierno progresista, dirigido por Calatrava, reemprendió la labor de demolición del Antiguo
Régimen:
· Supresión el régimen señorial, las vinculaciones y el mayorazgo: al suprimirse el Antiguo Régimen los antiguos señores pierden sus derechos jurisdiccionales, y con la eliminación de las vinculaciones y del mayorazgo, se convierten en propietarios absolutos de sus bienes, siendo libres para venderlos en el mercado
·
Eliminación
del diezmo
Decreto de desamortización
de los bienes del clero con Mendizabal como ministro de Hacienda
· Implantación de una ley municipal que permite a los municipios elegir a sus alcaldes mediante sufragio
· Sustitución de los jefes del ejército. Espartero es colocado al frente para dirigir la guerra
Las nuevas Cortes elaboraron una nueva Constitución en 1837, con la que se pretendía contentar tanto a liberales progresistas como a los moderados. El nuevo texto constitucional significaba aceptar las tesis del liberalismo doctrinario que confería a la corona el poder moderador. El mantenimiento del principio de soberanía nacional, la existencia de una amplia declaración de derechos de los ciudadanos (libertad de prensa, de opinión, de asociación, etc) así como la división de poderes y laausencia de confesionalidad católica del Estado evidenciaban las aspiraciones más progresistas. Pero se introducía una segunda cámara (Senado), de carácter más conservador, mantenía un poder ejecutivo fuerte en manos de la Corona, que también tenía competencias legislativas (veto de leyes, disolución de las Cortes, facultad de nombrar y separar libremente a los ministros) y un sistema electoral censitario y muy restringido (entre el 2 y 4% de la población con derecho a voto).
3.3. Los moderados vuelven al gobierno (1837-1840)
Aprobada la Constitución, se convocaron unas elecciones que dieron el poder a
los moderados, que se mantendrían en el gobierno hasta 1840. Durante esta etapa
desvirtuaron parcialmente los elementos más progresistas de la nueva
legislación, aunque sin salirse del marco constitucional. Finalmente, en 1840,
trataron de modificar la ley municipal que permitía a los municipios elegir a
sus alcaldes. Los sectores progresistas se opusieron frontalmente a tales
pretensiones, protagonizando un movimiento insurreccional que desembocó en la
formación de Juntas Revolucionarias en numerosas ciudades españolas. Esto
provocó la dimisión de María Cristina y su huída de España. Entonces los
progresistas dieron su apoyo al general Baldomero Espartero, el gran
vencedor de la Guerra Carlista, que se convirtió en nuevo regente.
3.4. La regencia de Espartero (1840-1843)
Espartero se convirtió en nuevo regente. Una vez en el poder procedió con la
disolución de las Juntas revolucionarias y convocó nuevas elecciones que dieron
el poder a los progresistas.
Gobernó de un modo muy autoritario, sin cooperar con las cortes y reprimiendo
las protestas tanto de moderados como de progresistas. Esto le hizo perder gran
parte de sus apoyos.
En 1841 se aprobó un arancel con el que se abría el mercado español a los
productos textiles ingleses. Esto provocó una fuerte protesta de los
trabajadores del sector textil catalán, pues veían sus intereses seriamente
amenazados. Espartero procedió con una durísima represión contra los
manifestantes, llegando incluso a bombardear la ciudad de Barcelona. Este
episodio terminó por hundir el prestigio de Espartero.
Tras la represión de Barcelona, Espartero clausuró el Congreso y convocó elecciones para el mes de marzo. Inmediatamente después de conformarse el nuevo Congreso la crisis política se acentuó, al retirar esta cámara la confianza al gobierno. Esto hizo estallar revueltas generalizadas por todo el territorio español, siendo Andalucía y Cataluña los dos focos más activos. El general Narváez lideró la sublevación militar. Después de algunos choques de ejércitos, Narváez entró en Madrid. Espartero, que entonces se encontraba en Sevilla, se dirigió a Cádiz, donde embarcó hacia Inglaterra.
4. EL REINADO EFECTIVO DE ISABEL II (1843-1868)
Después de que la acción coordinada entre moderados y progresistas lograra
expulsar del gobierno a Espartero, se creó un nuevo gobierno dirigido por el
progresista Joaquín María López. Este creyó oportuno nombrar a Isabel II
mayor de edad, para terminar de este modo con la inestabilidad política
asociada a las regencias. Las Cortes reconocieron la mayoría de edad de la
joven, a pesar de tener sólo trece años y de que el artículo 56 de la Constitución
de 1837 estableciera que El Rey es menor de edad hasta cumplir catorce años.
Después de esto, López dimitió, siendo sustituido por Olózaga, que se encargó de poner en marcha una reforma profundamente progresista. Los moderados, que eran mayoría en el Congreso, se opusieron y le retiraron la confianza, forzando de este modo su salida del gobierno y su marcha a Inglaterra.
A partir de estos momentos se inició un período de predominio moderado al que la historiografía ha denominado tradicionalmente La Década Moderada (1844-1854).
4.1. Características generales del período
Durante los veinticinco años que duró el reinado de Isabel II el panorama
político fue muy convulso, aunque podemos distinguir una serie de
características propias de todo este período:
Por un lado fue un período de tendencia liberal muy conservador, articulado en
torno a la Constitución de 1845, que concedía el voto a una limitada clase de ricos
propietarios, antiguos aristócratas y burgueses, marginando de la política a la
inmensa mayoría de los españoles, es decir, a campesinado, obreros industriales
y trabajadores urbanos. Los gobiernos actuaron de forma muy autoritaria,
amparados por una monarquía muy fuerte. Asimismo las libertades individuales y
colectivas estuvieron muy restringidas.
Por otra parte hay que destacar del período las continuas intromisiones de
la reina Isabel II en la vida política, apoyando firmemente a los sectores
más conservadores y obstaculizando el camino a los progresistas.
Otra característica es la continua intervención de los generales en el
Gobierno (Narváez, moderado; Espartero,
progresista; y O’Donnell, unionista). Los opositores
progresistas, al ver coartadas sus posibilidades de acceder al gobierno,
recurrieron frecuentemente a los militares y a los pronunciamientos. Los
conservadores también mantuvieron la presencia militar al frente de los
gobiernos para tratar de garantizar su posición, tanto frente a los carlistas
como frente a los liberales revolucionarios.
Los movimientos de protesta contra el régimen fueron continuamente aplastados:
las huelgas eran reprimidas con gran dureza, las asociaciones estaban
prohibidas y sus dirigentes fueron perseguidos.
Hasta 1854 sólo tuvieron representación parlamentaria los liberales moderados y
los progresistas. A partir de esa fecha aparecen nuevos partidos, como el Partido
demócrata o la Unión Liberal. Fuera del sistema se mantuvieron en la
clandestinidad los republicanos.
4.2. La Década Moderada (1844-1854)
Tras la marcha de Salustiano Olózaga, González Bravo formó un nuevo gobierno que abrió el camino a la
consolidación del moderantismo. Gobernó de modo autoritario. Entre las
principales medidas que adoptó cabe destacar: la disolución de la Milicia
Nacional; hizo aumentar la rigidez de la censura sobre la prensa; conformó una
comisión para reformar el sistema tributario presidida por Javier de Burgos;
creó un nuevo cuerpo de seguridad, la Guardia Civil (1844) con el objetivo de
mantener el orden público y la vigilancia de la propiedad privada, sobre todo
en el medio rural.
En mayo de 1844 Narváez asumió la presidencia del gobierno. Desde entonces y hasta 1854 fue el principal protagonista del panorama político. A pesar de la apariencia de estabilidad que pueda derivarse del monopolio del poder ejercido por los moderados durante este periodo, fue una etapa llena de convulsiones y conflictos políticos en la que se sucedieron hasta doce gobiernos con distintos presidentes.
Se promulgaron numerosas leyes que desarrollaron la Constitución de 1845, reafirmándose el carácter oligárquico del régimen: Ley electoral, Ley de Imprenta, etc.
El liberalismo moderado emprendió la terea de construir una estructura de
Estado liberal en España bajo los principios del centralismo y la uniformización.
Se emprendió la reforma fiscal y de la Hacienda (Mon-Santillán) a partir de 1845 con el objetivo de
racionalizar el sistema impositivo y recaudatorio. Se procedió con la
unificación y la codificación del sistema legal, aprobándose el Código Civil
en 1851. Se reorganizó la
Administración, partiendo de la división provincial de 1833, reforzándose una
estructura centralista con el fortalecimiento de los gobiernos civiles y militares en cada provincia, así como de las Diputaciones Provinciales.Para
controlar los poderes municipales se aprobó la Ley de Administración local
en 1845, disponiéndose que los alcaldes de los municipios de más de
2.000 habitantes y de las capitales de provincia serían nombrados directamente
por la Corona.
Sólo el País Vasco y Navarra conservaron sus antiguos derechos forales, por el
temor de un rebrote del carlismo.
Se restablecieron las relaciones con la Iglesia, rotas durante la Guerra
Carlista y la Revolución, frenándose el proceso desamortizador y devolviéndose
al clero regular las tierras que todavía no habían sido vendidas. Tras largas
negociaciones el gobierno firmó con Roma el Concordato de 1851, mediante el cual el Papa reconocía a Isabel II como
reina legítima de España, al tiempo que reconocía y aceptaba la pérdida de los
bienes ya vendidos. A cambio, el Estado se comprometía a financiar la Iglesia
en España y a entregarle el control de la enseñanza y la censura.
La segunda guerra carlista estalló entre 1846 y 1849, debido al fracaso
del matrimonio entre Isabel II y su primo, el hijo primogénito de Carlos María de Isidro. Este conflicto estuvo muy focalizado en la zona
catalana y se desarrolló a través de guerrillas.
A partir de 1849 el clima político español se fue deteriorando, como
consecuencia del autoritarismo del gobierno. Bravo Murillo, presidente del gobierno entre 1851 y 1852, trató de
iniciar una reforma constitucional para transformar el estado en una dictadura
tecnocrática que le permitiera gobernar por decreto marginando a las
Cortes. Su estrategia política fracasó, quedándose completamente solo. La reina
le pidió su dimisión. Después de Bravo Murillo los moderados siguieron en el
poder, aunque los gobiernos que se conformaron siguieron aplicando una política
autoritaria, y sin apoyos suficientes, ni siquiera dentro del propio partido
moderado, que empezaba a descomponerse, no consiguieron mantenerse durante
mucho tiempo, desembocando en un estallido revolucionario que se inició el 28
de junio de 1854 con el pronunciamiento del general Domingo Dulce en
el Campo de Guardias. O'Donnell (fundador de La Unión Liberal, partido con el que
pretendía cubrir el espacio político existente entre moderados y progresistas)
se unió a este levantamiento militar, produciéndose el día 30 de junio
un enfrentamiento entre las fuerzas gubernamentales y las sublevadas en Vicálvaro,
Madrid.
El general Narváez, protagonista de los diez primeros años de reinado efectivo
de Isabel II, fue el inspirador de la Constitución de 1845, que estuvo en vigor
en España hasta 1869. Se trataba ésta de una constitución, como ya hemos
comentado, de tendencia muy conservadora. Citemos algunas de sus principales
características:
· Incluía una declaración de derechos, aunque podían ser limitados mediante un desarrollo legislativo posterior. De hecho fueron sistemáticamente limitados mediante leyes ordinarias posteriores.
· Se declara la exclusividad de la religión católica y se obliga al estado a mantener a la Iglesia.
· Se suprime la Milicia Nacional.
· Se establece el principio de Soberanía Compartida, con un legislativo en manos de las Cortes y el Rey. Las Cortes se componían de dos cuerpos, el Senado y el Congreso de los diputados. El Senado estaba compuesto por miembros vitalicios elegidos directamente por el rey entre las élites de la nobleza, el clero, el ejército y la administración. Los miembros del Congreso de los Diputados eran elegidos mediante sufragio directo. La reina se reservaba la posibilidad de poder disolver esta cámara a voluntad, sin otro límite que convocar elecciones para la formación de una nueva cámara.
· El rey podía nombrar alcaldes en determinados pueblos, así como a los presidentes de las diputaciones provinciales.
4.4. El Bienio Progresista (1854-1856)
El autoritarismo del gobierno moderado impulsó el levantamiento de
progresistas, del recién fundado Partido Demócrata (fue fundado en 1849) y de
algunos sectores del propio moderantismo, defraudados con la actuación
gubernamental.
Después de la Vicalvarada del día 30 de junio de 1854, los
sublevados redactaron el llamado Manifiesto de Manzanares, en el que solicitaban: una “regeneración liberal”
con un régimen representativo, la supresión de la camarilla palaciega, mejoras
en las leyes de imprenta y electoral, reducción de impuestos, nueva milicia
Nacional, descentralización municipal y unas Cortes Constituyentes.
El alzamiento contó con el respaldo popular y con el de diversos jefes militares de distintas ciudades españolas. Isabel II se vio entonces forzada a quitar el poder a los moderados y entregárselo nuevamente al general Espartero, quedando O’Donnell como ministro de la Guerra.
Se convocaron unas elecciones que fueron ganadas por los unionistas de
O’Donnell y por los progresistas, partidos que gobernarían conjuntamente
durante estos dos años.
Las Cortes salientes elaboraron una nueva Constitución en 1856, que ofrecía una declaración de derechos más
detallada que la de 1845 e incluía límites al poder de la corona y del
ejecutivo. Sin embargo esta constitución no tuvo tiempo para poder entrar en
vigor, de ahí que sea conocida como la nonata.
Los gobiernos de esta época desarrollaron una legislación encaminada a sentar
las bases para la modernización económica del país. Entre las leyes que
promovieron cabe destacar:
· Nueva Ley de Desamortización, conocida como la desamortización de Madozde 1855.
· Ley de ferrocarriles (1855)
· Ley de Sociedades Bancarias y Crediticias (1856)
A pesar de las reformas, el bienio transcurrió en un clima constante de conflictividad social, acentuado por la epidemia de cólera de 1854, las malas cosechas, el alza de los precios y los enfrentamientos entre patronos y trabajadores. Las clases populares, defraudadas debido al incumplimiento de las promesas hechas en 1854, retiraron el apoyo a los progresistas. En julio de 1856 Espartero presentó su dimisión y la reina encargó a O’Donnell formar un nuevo gobierno.
4.5. La crisis del moderantismo (1856-1868)
Esta etapa estuvo controlada por la Unión Liberal de O’Donnell.
Éste se encargó de restaurar el régimen que dos años antes había ayudado a
derribar, restableciendo los principios del moderantismo.
La Constitución de 1845 fue repuesta, al tiempo que se frenaba la legislación
más progresista del bienio anterior, interrumpiendo el proceso desamortizador y
anulando la libertad de imprenta.
Con la intención de desviar la atención de los españoles de los problemas
internos y para fomentar la creación de una conciencia nacional y patriótica,
se puso en marcha una activa política exterior. Se desarrollaron
acciones militares en Indochina, México, Perú y Chile,
aunque la más importante fue la de Marruecos, que respondió al intento
de expansión colonial por el norte de África. Ninguna de estas acciones
militares tuvo repercusiones, se trató de una política de prestigio, de
alarde militar, que para nada influyó en las relaciones de equilibrio
internacionales.
En 1863 el gobierno de los unionistas no podía hacer frente a la oposición
política de progresistas, demócratas y republicanos. O’Donnell, incapaz de
conducir la situación, presentó la dimisión. Entre 1863 y 1868 se suceden
gobiernos inestables y autoritarios, presididos alternativamente por Narváez y
O’Donnell.
En 1864 se inició una fuerte crisis económica en España: comenzó
con la quiebra de las compañías ferroviarias, debido a la escasa
rentabilidad; continuó con el hundimiento del sector textil, como
consecuencia de la falta de algodón que provocó la Guerra de Secesión
estadounidense; a esto hay que añadir el crack de las Bolsas europeas de
1866; finalmente las malas cosechas, la subida de los precios de los
productos agrarios y la expansión del hambre contribuyeron a crear el ambiente
idóneo para el estallido de una nueva revolución.
En estos últimos años se produjeron una serie de acontecimientos políticos muy
graves como la sublevación del cuartel de San Gil de ese mismo año, ante la cual el gobierno reaccionó enérgicamente,
provocando sesenta muertos y cientos de heridos, más sesenta y seis oficiales y
suboficiales que fueron fusilados.
A partir de 1866 amplios sectores de la sociedad coincidieron en la necesidad
de dar un giro a la situación, aunque esta vez no podía consistir en un mero
cambio de gobierno, sino que implicaba la caída de la monarquía isabelina. Con
el objetivo de destronar a la reina y convocar Cortes Constituyentes mediante
sufragio universal, progresistas, demócratas y republicanos firmaron en agosto
de 1866 un acuerdo conocido como el Pacto de Ostende.
La muerte de O’Donnell y de Narváez en 1867 y 1868 respectivamente, terminó por
dejar completamente sola a Isabel II La adhesión de los
unionistas al Pacto de Ostende en 1867 tras la muerte de O´Donell, privó a
Isabel II del apoyo de gran parte de los militares, entre ellos el general
Serrano.
La revolución que destronó a Isabel II estalló en Cádiz, donde el 19 de
septiembre, la escuadra allí concentrada al mando de Topete, se sublevó.
Inmediatamente se constituyeron en numerosas ciudades españolas Juntas
revolucionarias que organizaron la revolución y buscaron el apoyo popular. “La
Gloriosa” acabó con la monarquía
isabelina, con el régimen moderado
e instauró en España un periodo de seis años conocido como Sexenio Democrático
(1868-1874).
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